Sigo con esta ruta veraniega inusualmente deportiva. El no correr en verano, tan felizmente cumplido tantos años, sigue saltando por los aires. La justificación para la no asistencia era evidente; pleno verano, dormir poco, ganas de playa, y levantarse a las 6.15 para poner en marcha el cuerpo...Por otro lado, hay motivos más que justificados para asistir, el cual era ayudar, con poco que sea, a la mejora de los recursos en el Síndrome de Rett, darse un bañito en Roche, disfrutar del buen ambiente que siempre hay en las carreras, así como la novedad de un nuevo evento.
Con toda la paranoia de pensamientos en marcha, me levanto bien temprano, desayuno habitual en el silencio de un domingo y me marcho cargado de ojeras, ilusiones y con la "suerte" recibida de ver un nuevo amanecer, que no es poco.
Llego algo justo de tiempo, se había formado una pequeña hilera para recoger el dorsal y ver la ubicación que se nos adjudicaba, aunque esta se volvió fluida rápidamente. Ya con dorsal en mano y camiseta de regalo en la otra, tenía que volver de nuevo al coche para dejar la prenda, por error lo había bastante lejos, en el camino vi a mi compañera Virginia, la cual iba también apurada. Lo primero que pensé, al llegar el coche no fue en el calentamiento o en la hora que se echaba encima, si no lo lejos que lo había dejado el coche para, al finalizar la prueba, recoger el bañador, las chanclas y poder darme un bañito mañanero rápido, de esos que no son tan fáciles de dar en estos lugares y en horas tan tempranas.
Comenzó mi trote cochinero por los maravillosos carriles de Roche, maravilloso no por los carriles, más bien por lo que linda a su alrededor; esos chalets que se hacen la boca agua, más aún cuando están pegados al mar...todo ello me recordó, que había que seguir comprando el Cuponazo del viernes, por si algún día veo la carrera desde un ventana de aquellas. En el breve calentamiento me di cuenta que en la carrera había "caña de lomo" entre los participantes, basta con ver los tiempos y nombres de los veinte primeros.
Hay vistas que te arrastran hasta a no correr
Pero como no hay nada mejor que la realidad, y la misma es la que hay que disfrutar o sufrir, me dirigí al cajón de salida, allí me encontré a mi compañero Pedro y Virgnia, así que ya teníamos una importante representación del centro de trabajo, el cual, como sigamos así, tendremos que montar un Club. También tuve la suerte de saludar al fuera de serie José Ruiz Morales, el cual hizo, como nos tiene acostumbrados, una impresionante carrera, representando al Club Olimpo de Cádiz.
Maravillosa sorpresa el ver a excadistas y
correr al lado de ellos.
Comentar, que la organización en este caso fue mucho mejor, se agradecía al speaker que explicaba ,micrófono en mano, cada salida y los dorsales que correspondían a cada zona, así que por ese lado, genial. Todo muy espaciado, abierto, sin aglomeraciones, y sin mucha parafernalia, se conseguía llevar una organización mucho más que aceptable. El avituallamiento cumplía con creces y ese maravilloso vaso de agua, que hacía milagros en la nuca en la mitad de recorrido.
Por cierto, si sigo con los pulgares así, lo mismo
se para algún coche a recogerme. Y si meto los
codos hacia dentro, lo mismo, hasta voy mejor.
Por esa recta que no terminaba, no intuía ver el kilómetro cuarto y muchos menos el quinto. Me quede descolgado entre dos aguas, como aquel perfecto tema musical, ya sabemos que psicológicamente eso es un martirio, pero en una distancia tan corta, el agobio es menor. El efecto de la Visera Tricaletera daba el mejor alivio que podría tener mis ojos y mi desesperación. Por fin, vi a Pedro de vuelta y pensé que podría estar el quinto kilómetro cercano y dar el giro. Solo deseaba llevar el sol de espaldas y no asarme más, aunque eso era inviable, nos se viene a estos sitios a tomar una copa o una cerveza, en todo caso después, que tampoco fue.
Tome los ciento ochenta grados como alma que lleva el diablo, y justo en el giro, vi unos vasitos milagrosos de agua, los cuales me comí a besos y derramé sobre mi cuello, enorme sensación.
Tocaba enfocar la recta de vuelta, ya iba en el umbral cinco, demasiadas pulsaciones veraniegas, pero no me encontraba mal.
La vuelta, tenía un toque descendente que me animaba a engancharme a alguien. Lo hice, no sé quién era, pero tenía más edad que el que escribe e iba a un ritmo admirable. Ahí me quedé un kilometro y medio, hasta que en la lejanía vi a Pedro. Todos buscaban la sombra de algo, de algo que no existía.
A ritmos que iban entre 4.35 y 4.40 me estaba moviendo, sabiendo que solo tengo un corazón y no le debía dar tanto meneo, ya que nunca me me muevo en esos niveles en este tipo de carreras ,salvo en alguna milla o una carrera de cinco kilómetros. Siendo sincero, me esperaba ir peor, no terminaba de poner el freno. Me ponía nervioso el ver que el reloj no coincidía con la medición, con un desfase de unos 300 metros. Si el reloj marcaba los 8km, sabía que aún me quedaba 300 metros para la distancia real, un rollo. El polvo se metía en plena respiración, cuando pasaban los coches por el carril de arena de al lado, que eran muchos. A pesar de todo, iba mejor a la vuelta que a la ida.
El cartel del kilómetro noveno fue un alivio, vi a Pedro muy cerca y decidí intentar alcanzarle y terminar con él en meta. Y así fue, me puse a la par, medio listo de papeles en el esfuerzo por alcanzarle, y apareció ese repecho que nos mató a muchos. Yo intenté seguir a mi ritmo, y muchos ya, se vinieron abajo, no era para menos. La meta, ya en cuesta descendente, me supo a gloria bendita, porque de fondo estaba en el mar.
Entrada en meta, pidiendo la hora.En definitiva carrera por una muy buena causa, bien organizada, aburridísima en el recorrido y siempre viendo a buenos amigos y compañeros...
Puede que sea la última del verano, o no, ya se verá.
Toca hacer un esfuerzo en trabajar el aeróbico ya sea en bici o nadando.















