viernes, 24 de julio de 2015

Un poco de historia



          Hace unos días cumplí mi primer año participando en carreras populares. Me ha costado arrancarme; miedos, temores y una ligera sensación de ridículo que siempre rondaba por mi cabeza.

     Después de casi dos años viendo carreras por la bahía, viendo a mi hermano Antonio y algún que otro amigo participar, decidí saltar al vacío de la normalidad y ponerme en marcha.

       El que les escribe siempre ha sido un culo inquieto, activo y participativo, pero poco constante salvo que alguien le muerda. Amante del deporte, formado en ello, pero nunca obsesivo con el mismo. Esa poca obsesión tiene una justificación, y es que soy del montón. No tengo un corazón de atleta, ni lo tendré, más bien ando justito, pero siempre derrochando entrega. Nunca destaqué en nada, tampoco fui el más malo del equipo, ni el mejor, pero ahí estaba defendiéndome como podía en  todos los palos que toqué, entregándome al máximo según la misión que tuviera. Admirando muchísimo a los que se salen del umbral de la normalidad, ya sea por genética o por sacrificio, o por ambos, y valorando, en mayor medida aún, a aquellos que se doblegan ante las adversidades y que  su triunfo no está ligado a ningún trofeo porque ellos mismos son triunfadores en todas las facetas de su vida.

        Portero de fútbol sala, jugador de baloncesto y balonmano, waterpolista en iniciación, senderista de corazón, futbolero de  playa, piragüista de charca y acompañante de patrón...son algunas de las pocas “serias que hice”, aunque he practicado casi de todo. En pocas palabras se resume la etapa deportiva de alguien normal, pero con mucho aprendizaje, creando amistades para toda la vida, y sobre todo, con mucha diversión.

          De pequeño era algo rellenito y no me destacaba por mi rapidez. A medida que cumplía los 13 ó 14 años, el cuerpo fue cambiando, como a todos. Cada vez era más veloz, buena velocidad de reacción, bastante aceptable en distancias cortas, 50 metros, 100 metros...Rápido para defender, para atacar, etc. Me gustaba la velocidad, bastante diría yo, pero ahí quedaba la cosa.

          Las calificaciones en E.Física evolucionaron positivamente; en E.G.B. no salía del bien, pero llegada la pubertad me bañaba en sobresalientes, me gustaba el área, disfrutaba de cualquier deporte y el entorno me acompañaba.

        Mi primer paso para preparar una carrera formal fue el intento de prepararme para entrar en INEF en 1995, creo recordar. Los tiempos y notas de corte para el acceso en Granada eran más bien para atletas federados. Yo creía que con 4 carreras por el Paseo Marítimo de  Cádiz la cosa era factible, pero no. Como fracasado del mundillo de los INEF, decidí bajar a "segunda división" y meterme  en el mundillo del MAGISTERIO DE LA EDUCACIÓN FÍSICA, el cual he ejercido como docente del área hasta hace bien poco. Disfrutando de la base de la Educación Física, alejado del mundo del alto rendimiento y más cercano al aprendizaje de nuevas experiencias divertidas con los alumnos y alumnas.

          Para mi correr significaba tres cosas: pretemporada de algún deporte, darme un carrerón por la calle Trille para no perder el Bús del Cine Brunete o salir por "patas" cuando alguien te sacaba una navaja.

          Pero la edad avanza, y tu cuerpo también, y llega un momento de tu vida, donde hay cambios en ti y en todos los que te rodean. Aparecen los momentos: "yo no puedo", " me duele aquí", "paso del deporte que tengo una edad", etc...Se van borrando de nuestras vidas las quedadas semanales, transformadas en mensuales, y estas a su vez en semestrales, hasta convertirse en anuales.

          Y pasa el tiempo, y el deporte que haces es cada vez más individual, menos divertido, menos colectivo...Y el tiempo sigue pasando, y se añade a tu vida, lo más maravilloso del mundo, un hijo. Y ese hijo dicta aún más el ritmo de tu vida. Ves que las horas pasan volando, que acabas molido todos los días, que duermes poco y qué siempre hay una excusa para no hacer deporte, y te convences de ello.

         En el embarazo de Angélica comencé mis trotes cochineros “continuos” de 20 minutos como mucho. ¿Para qué más? ¡Qué cosa más aburrida!   Lo único que me motivaba era ver el mar, la playa, el sol, y escuchar la música que entraba por mis oídos. Corría cuando podía, una vez a la semana, dos…tres era un milagro, y si veía a alguien me paraba, y si había que tomarse algo en medio de la carrerita, uno se lo tomaba..ajaja.

        Aparecieron las nuevas apps para móviles, aunque yo siempre iba con mi pulsómetro Polar, el de toda la vida, y con ello me sobraba todo lo demás. Después de probar unas cuantas, Endomondo me enganchó al tema de analizar datos, progresión, me resultaba muy atractivo todo ese tema.

        Después de unos meses a un ritmo de 6 minutos el km, comencé a apretar un poco más, sí, mi evolución es lenta, soy así. Comencé a correr con tiempos constantes de 5.30, durante un año y medio, para mí era todo un logro pero comenzó a hablar mis gemelos, mi femoral, mis lumbares. Me imagino que dirían: ¡Chaval, si no has corrido en tu vida de forma constante! Sobrecargas, pequeñas microrroturas, tendinitis, etc...Parones y parones.

      Me llené de paciencia, y decidí reeducar mucho el tema de los estiramientos, y propio conocimiento corporal; mis sensaciones, intuiciones, posibilidades
                    
         La mejoría ha sido lenta pero evidente, un añito sin lesiones, y mejorando mis tiempos.

           Correr era lo último que se me podía pasar por mi cabeza pero es verdad que tiene una serie de ventajas: es lo más rápido para no "escaquearte" mucho tiempo de casa, no necesitas a nadie, vale para cualquier época del año y en casi cualquier terreno, es barato, engancha. En su contra, pocas cosas, pero cruciales: se puede convertir en lo más aburrido del mundo y es generoso en lesiones, muy generoso.


            Y por fin llego el el 13 de julio de 2014, comenzamos...





  

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