Hace unos días
cumplí mi primer año participando en carreras populares. Me ha costado
arrancarme; miedos, temores y una ligera sensación de ridículo que siempre
rondaba por mi cabeza.
Después de casi dos
años viendo carreras por la bahía, viendo a mi hermano Antonio y algún que otro
amigo participar, decidí saltar al vacío de la normalidad y ponerme en marcha.
El que les escribe siempre ha sido un culo inquieto,
activo y participativo, pero poco constante salvo que alguien le muerda. Amante
del deporte, formado en ello, pero nunca obsesivo con el mismo. Esa poca
obsesión tiene una justificación, y es que soy del montón. No tengo un corazón
de atleta, ni lo tendré, más bien ando justito, pero siempre derrochando entrega. Nunca
destaqué en nada, tampoco fui el más malo del equipo, ni el mejor, pero ahí
estaba defendiéndome como podía en todos los palos que toqué,
entregándome al máximo según la misión que tuviera. Admirando muchísimo a los
que se salen del umbral de la normalidad, ya sea por genética o por sacrificio,
o por ambos, y valorando, en mayor medida aún, a aquellos que se doblegan ante
las adversidades y que su triunfo no está ligado a ningún trofeo porque
ellos mismos son triunfadores en todas las facetas de su vida.
Portero de fútbol
sala, jugador de baloncesto y balonmano, waterpolista en iniciación, senderista
de corazón, futbolero de playa, piragüista de charca y acompañante de
patrón...son algunas de las pocas “serias que hice”, aunque he practicado casi
de todo. En pocas palabras se resume la etapa deportiva de alguien normal, pero
con mucho aprendizaje, creando amistades para toda la vida, y sobre todo, con
mucha diversión.
De pequeño era algo rellenito y no me destacaba por mi
rapidez. A medida que cumplía los 13 ó 14 años, el cuerpo fue cambiando, como a
todos. Cada vez era más veloz, buena velocidad de reacción, bastante aceptable
en distancias cortas, 50 metros, 100 metros...Rápido para defender, para
atacar, etc. Me gustaba la velocidad, bastante diría yo, pero ahí quedaba la cosa.
Las calificaciones en E.Física evolucionaron
positivamente; en E.G.B. no salía del bien, pero llegada la pubertad me bañaba
en sobresalientes, me gustaba el área, disfrutaba de cualquier deporte y el
entorno me acompañaba.
Mi primer paso para preparar una carrera formal fue el intento de
prepararme para entrar en INEF en 1995, creo recordar. Los tiempos y notas de
corte para el acceso en Granada eran más bien para atletas federados. Yo creía
que con 4 carreras por el Paseo Marítimo de Cádiz la cosa era factible,
pero no. Como fracasado del mundillo de los INEF, decidí bajar a "segunda
división" y meterme en el mundillo del MAGISTERIO DE LA EDUCACIÓN
FÍSICA, el cual he ejercido como docente del área hasta hace bien poco.
Disfrutando de la base de la Educación Física, alejado del mundo del alto
rendimiento y más cercano al aprendizaje de nuevas experiencias divertidas con
los alumnos y alumnas.
Para mi correr significaba tres cosas: pretemporada de
algún deporte, darme un carrerón por la calle Trille para no perder el Bús del
Cine Brunete o salir por "patas" cuando alguien te sacaba una navaja.
Pero la edad avanza, y tu cuerpo también, y llega un
momento de tu vida, donde hay cambios en ti y en todos los que te rodean.
Aparecen los momentos: "yo no puedo", " me duele aquí", "paso
del deporte que tengo una edad", etc...Se van borrando de nuestras vidas
las quedadas semanales, transformadas en mensuales, y estas a su vez en
semestrales, hasta convertirse en anuales.
Y pasa el tiempo, y el deporte que
haces es cada vez más individual, menos divertido, menos colectivo...Y el
tiempo sigue pasando, y se añade a tu vida, lo más maravilloso del mundo, un hijo.
Y ese hijo dicta aún más el ritmo de tu vida. Ves que las horas pasan volando,
que acabas molido todos los días, que duermes poco y qué siempre hay una excusa
para no hacer deporte, y te convences de ello.
En el embarazo de Angélica
comencé mis trotes cochineros “continuos” de 20 minutos como mucho. ¿Para qué
más? ¡Qué cosa más aburrida! Lo único que me motivaba era ver el mar, la
playa, el sol, y escuchar la música que entraba por mis oídos. Corría cuando podía,
una vez a la semana, dos…tres era un milagro, y si veía a alguien me paraba, y
si había que tomarse algo en medio de la carrerita, uno se lo tomaba..ajaja.
Aparecieron las nuevas apps
para móviles, aunque yo siempre iba con mi pulsómetro Polar, el de toda la
vida, y con ello me sobraba todo lo demás. Después de probar unas cuantas,
Endomondo me enganchó al tema de analizar datos, progresión, me resultaba muy
atractivo todo ese tema.
Después de unos meses a un ritmo de 6 minutos el km, comencé
a apretar un poco más, sí, mi evolución es lenta, soy así. Comencé a correr con
tiempos constantes de 5.30, durante un año y medio, para mí era todo un logro
pero comenzó a hablar mis gemelos, mi femoral, mis lumbares. Me imagino que
dirían: ¡Chaval, si no has corrido en tu vida de forma constante! Sobrecargas,
pequeñas microrroturas, tendinitis, etc...Parones y parones.
Me llené de paciencia, y decidí reeducar mucho el
tema de los estiramientos, y propio conocimiento corporal; mis sensaciones,
intuiciones, posibilidades
La mejoría ha sido lenta pero evidente, un añito sin
lesiones, y mejorando mis tiempos.
Correr era lo último que se me podía pasar por mi
cabeza pero es verdad que tiene una serie de ventajas: es lo más rápido para no
"escaquearte" mucho tiempo de casa, no necesitas a nadie, vale para
cualquier época del año y en casi cualquier terreno, es barato, engancha. En su
contra, pocas cosas, pero cruciales: se puede convertir en lo más aburrido del
mundo y es generoso en lesiones, muy generoso.

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